Publicado: 4 de octubre de 2017

Los detractores actuales de la Educación

Sin duda alguna, los tiempos han cambiado y, en mi opinión, para peor. De hecho, en la Edad Media, por ejemplo, el hombre situaba como centro de su vida a Dios; hoy, lamentablemente, el eje de nuestra subsistencia es el celular.

Miles de factores han -paulatina y silenciosamente-, provocado el caos de valores en que nos vemos inmersos, y la Educación, ciertamente, también ha contribuido su grano de arena.

Reflexionando acerca de cuáles han sido los principales detractores de la Educación durante mis veintidós años de carrera docente, hay cuatro que sobresalen.

Uno de ellos es la degradación de la cultura popular, fomentada principalmente por los medios masivos de comunicación, a la que la Educación —consciente o inconscientemente— se ha sumado. Así como no es justificable en absoluto que, a fin de elevar su nivel de teleaudiencia, un programa de televisión sucumba, por citar un ejemplo, a la transmisión exacerbada de canciones y/o ritmos aclamados por las masas populares —algunos, cuasi-pornográficos—, menos lo es en materia educativa. En efecto, en la actualidad, lamentablemente, no resulta inusual presenciar que en un evento escolar solamente o en primacía suene el reggaetón. Y no es que esté en contra de ese estilo de danza; el peligro radica en que la función primordial de la Educación es brindarles a los alumnos un amplio acervo cultural, que trascienda el límite impuesto por los gustos de la sociedad y/o la conveniencia de la prensa, de modo que los mismos puedan luego elegir lo que más les agrade. En otras palabras, si sólo se les ofrece reggaetón, posiblemente terminen creyendo que ése sea el único tipo de música.

Otro detractor de la Educación actual es el desdén ante uno de los pilares de la educación: la asistencia a clases. Recuerdo que, en mis tiempos de estudiante secundario, eran contadas las ocasiones en que mis compañeros incurrían en 15 faltas —menos aún en 25 o 30, como acrecentadamente está sucediendo en estos días— y, si ocurría, se debía estrictamente a razones de salud. Hoy, desafortunadamente, hay incluso casos de jóvenes con altas calificaciones que se circunscriben a esta situación. ¿Acaso es alocado pensar que es imposible aprender si no se asiste regularmente a clases? ¿Quiénes son responsables en permitir el avance de este peligroso detractor? En parte, ciertos padres de ese alumnado, que, en su “adolescencia prolongada”, asumen, por algún motivo inadmisible, el rol de cómplices de sus hijos. Y también son responsables las autoridades ministeriales, quienes parecen haber olvidado que la educación implica esfuerzo, sistematicidad, compromiso y responsabilidad… La gravedad del cuadro actual es tal que hasta se ha llegado a este extremo: en mis años de Secundaria, cuando la escuela llamaba a los padres de los estudiantes que, en mayoría y a escondidas, se complotaban para no asistir un día al colegio, los primeros agradecían a la Dirección por la notificación, y luego —como es de esperar— reprendían a sus hijos. En el presente, el panorama es diferente: cuando la Directora decide comunicar a la familia la ausencia en cuestión, algunos no atienden el llamado, otros avalan a sus hijos, y muy pocos agradecen la gentileza por el deber cumplido. ¿Es que no queremos admitir, por cierto, que es incorrecto expresar “falté por placer, cansancio y/o por tener un número insignificante de inasistencias”?

Uno de los detractores de la Educación más difíciles de detectar, por su naturaleza engañosa, lo constituye la imposición de que aprender deba ser divertido. Tanto se nos ha martirizado a los docentes en estas últimas décadas en encontrar una veta creativa y/o motivante para cada tema a enseñar —aunque no la tenga— que, sin querer, comenzamos a suponer, gradual y equivocadamente, que educar era buscar la forma para llegar al contenido. ¿Dónde está escrito, me pregunto, que únicamente se puede aprender cuando se arma una dinámica de grupos, se sube una foto o un video a “Facebook”, o se usa un “Power Point” como disparador? ¿Cuál es la necesidad de que todo quede plasmado en internet? Aunque nos pese, durante todo este tiempo fuimos presa de un adoctrinamiento en que nos han obligado a colocar el carro frente al caballo. ¿Es que, con tantas horas de lectura y estudio, no hemos reparado en el hecho de que no todo aprendizaje necesariamente es un camino de rosas? Es hora de volver el carro a su lugar: detrás del caballo; enseñemos contenido sin que nada nos distraiga (con disciplina, paciencia, tesón, seriedad, regularidad y entrega), y eso, mágica e impredeciblemente, conducirá inexorablemente a la forma (el éxtasis de haber aprendido algo que tanta dedicación insumió).

Finalmente, el cuarto detractor de la Educación del nuevo milenio es la autocensura ante el cuestionamiento por temor a represalias. Cuando a lo largo de nuestra trayectoria en el magisterio algunos nos atrevimos a opinar de manera diferente, tarde o temprano terminamos siendo víctimas de alguna clase de sanción. Fuimos testigos, hace ya unos años, de cómo se pretendió “crear”, a nivel nacional, un “INDEC” de la Educación, y los que lo denunciamos, fuimos acallados. También objetamos mayoritariamente la creación, en nuestra provincia, de la “Tercera Materia” en el Nivel Medio, más en ese punto ni siquiera consideraron nuestra propuesta. Y ésas son tan sólo dos referencias. Lo cierto es que, al ver como ante cada novedad pedagógica y/o estructural que se nos “sugería”, quienes se oponían aun con la argumentación pertinente, casi siempre debían pagar un alto precio por ello, poco a poco nos hemos resignado a ser mansos corderos que hacen su labor sin emitir expresión alguna. ¿Es eso democracia? Aclaro que en la escuela actual donde trabajo —y es la quinta en mi camino— siempre se nos ha escuchado y gozamos de una total libertad de expresión. El problema es que esa circunstancia no se dé en todas las escuelas ni a nivel ministerial.

Mientras tengamos claridad en que los cuatro factores previamente detallados revisten el carácter de detractores de la Educación, aun así podremos aspirar, algún día, a intentar revertir la miseria de valores que todos los integrantes de esta sociedad, en mayor o menor medida, hemos creado. Pero el día en que naturalicemos la realidad, entonces el celular será, por los siglos de los siglos, amo y señor de nuestro existir.

                                                                                     Diego José Lambertucci.

                                                                                     Licenciado en Lengua Inglesa