Publicado: 25 de octubre de 2017

De Vido: cuando el pueblo no tiene fueros. Por Diego Mestre

Diego Mestre  es  Diputado Nacional  UCR – Cambiemos

Julio De Vido se ha convertido en sinónimo de agravio a los argentinos de bien. En nuestra historia moderna, es difícil encontrar a funcionarios con ese nivel de carencia moral que a la vez hayan acumulado tanto poder. En sus doce años como Ministro de Planificación Federal, repartió obras para los amigos del kirchnerismo, mientras sus colaboradores más cercanos se revolcaban en el corral de la impunidad.

Desde Diputados, primero se propuso una resolución para autorizar a la Justicia a allanar a De Vido. Para el momento en que se aprobó, ya era demasiado tarde. Hace unos meses, planteamos su inhabilidad moral para permanecer en el cargo. Entonces, la moción no prosperó por causa de un turbio entramado de supuestas lealtades—principalmente desde el kirchnerismo—que se confunden con lisa y llana complicidad.

¿A quién le deben su lealtad los funcionarios públicos? No se la deben a un hombre, independientemente de los favores recibidos, de la afinidad partidaria o el poder coercitivo que manifieste. La lealtad, con la que algunos se llenan la boca en octubre, se la deben al pueblo argentino. Muchos de los que impidieron la expulsión de De Vido, argumentaron que necesitaban un pedido de la justicia. Resulta que no hay uno, sino dos jueces, con sus respectivos pedidos, cargados con evidencia suficiente como para reclamar el cese de los fueros, detrás de los cuales se atrincheró De Vido. Y uno de ellos viene con una orden de prisión preventiva. Como muestran los expedientes, Julio De Vido operó a través de una sofisticada ingeniería financiera, utilizando sociedades del estado para diluir su eventual responsabilidad delictiva, usufructuando el erario y las estructuras de la administración pública para saquear y defraudar al pueblo.

Los legisladores tenemos que garantizar que la justicia pueda actuar. ¿Qué mejor que resolver el desafuero pedido por los jueces para que toda la investigación pueda ocurrir y pueda hacerse efectiva su prisión preventiva?. Esto es lo que los argentinos nos han pedido el domingo pasado en las urnas. Están asqueados de la impunidad y quieren transparencia.

Estamos hablando, además, de una persona con 130 denuncias, inmediato superior de delincuentes presidiarios de la talla de José López, Ricardo Jaime y Roberto Baratta, entre otros que aún permanecen en la oscuridad. Estamos hablando de un hombre con 6 procesamientos, un pedido de detención, 21 imputaciones en causas de gravedad extrema. Alguien ponderado como partícipe necesario de un caleidoscopio de estafas al pueblo argentino. “Sueños Compartidos”; Sobreprecios en la Obra Pública “Austral Construcciones”; “Tragedia de Once”; “Compra de chatarra Ferroviaria a España y Portugal”; “Pan American Energy”; “Antonini Wilson”; y otras que también son de público conocimiento.

Ya está imputado por enriquecimiento ilícito; estafa, abuso de autoridad, encubrimiento, cohecho, administración fraudulenta, malversación de caudales públicos, asociación ilícita, violación a los deberes de funcionario público, negociaciones incompatibles con el ejercicio de funciones públicas.

Julio De Vido es parte del país que los argentinos estamos dejando atrás. Alguien que debe ser neutralizado y juzgado de manera urgente porque la justicia en los casos de corrupción es una deuda que el Estado tiene con el pueblo argentino. Es uno de los responsables máximos de la descomposición institucional, moral, económica, federal y cívica que nos dejó el kirchnerismo.

Su desafuero y prisión inmediata ayudarán a recordar a todos que en administración pública, el erario público es sagrado. Es una entrega del pueblo al prójimo, el fruto de su sacrificio, su solidaridad y su manera de construir el país que quieren.

Esos 7.000 millones de pesos en sobreprecios en la compra de gas licuado o los 26.000 millones de desvíos de fondos en el Yacimiento Carbonífero de Río Turbio no son solo delitos graves. Son insultos al pueblo. Y esa falta de contemplación se convierte, en el corto plazo, en muertos porque los trenes no frenan, en accidentes por rutas destruidas, en inundaciones, en servicios deficientes, en autopistas que no van a ningún lugar, en niños desnutridos, en educación obsoleta. En todo lo malo que nos pasa.

Soplan vientos de cambio. El pueblo lo dejó claro en las urnas. Debemos proteger al pueblo, porque cuando aparece una amenaza de este tipo, el pueblo no tiene fueros.